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Opinión

El valor del contexto

CAFÉ DIARIO, SANTO DOMINGO.- Existe una práctica tan extendida que pasa desapercibida, la de presentar situaciones incompletas y esperar respuestas precisas. ¿Cuántas veces se ha buscado orientación entregando solo una parte de la historia, omitiendo los detalles que incomodan o que se consideran irrelevantes? La mayoría de las veces, lo que se omite no es secundario. Es, precisamente, lo que transforma el resultado de todo lo demás.

En el entorno corporativo, una instrucción imprecisa rara vez produce el resultado que se esperaba. Quien solicita un informe sin especificar el enfoque que necesita, quien delega una tarea sin aclarar el criterio bajo el cual debe ejecutarse, suele recibir de vuelta algo distinto a lo que tenía en mente. La frustración que surge después no nace de la incompetencia de quien ejecutó, sino de la insuficiencia de lo que se comunicó al inicio. El resultado suele ser proporcional a la calidad de la instrucción que lo originó.

Ahora bien, conviene reconocer algo importante sobre la experiencia profesional. Quien lleva años en un cargo desarrolla cierta capacidad para interpretar lo que no se dice del todo, para completar vacíos a partir de patrones que ya conoce. Sin embargo, esa habilidad no debería convertirse en pretexto para comunicar con menos precisión. Confiar en que el criterio ajeno suplirá lo que uno mismo no explicó es, en realidad, trasladarle a otro la responsabilidad de adivinar correctamente. El sentido común, que muchos asumen como una guía compartida, suele ser uno de los recursos menos uniformes entre las personas, y construir comunicación sobre esa suposición implica asumir un riesgo innecesario.

Por otro lado, esta responsabilidad no recae únicamente en quien instruye. Quien recibe una tarea con datos insuficientes tampoco debería limitarse pasivamente a ejecutar lo poco que se le indicó, ni mucho menos suponer en silencio lo que considera más conveniente. La proactividad de preguntar, de señalar cuando algo no está suficientemente definido, de buscar el detalle que falta antes de avanzar, es tan parte de una comunicación eficaz como la precisión de quien emite la instrucción original. Limitarse estrictamente a lo indicado, sin disposición a indagar más allá, traslada el riesgo del malentendido a una etapa posterior, donde resulta más costoso corregirlo.

En este sentido, esta misma dinámica se vuelve evidente cuando se interactúa con herramientas de inteligencia artificial. Estos sistemas, en muchos casos, también pueden formular preguntas o solicitar datos adicionales antes de continuar, pero esa capacidad solo se activa cuando quien los utiliza sabe aprovecharla, y solo llega hasta donde la instrucción inicial se lo permite. Saber interactuar con una herramienta tecnológica implica algo más que escribir una solicitud cualquiera. Implica aportar el panorama necesario, el objetivo concreto y las condiciones particulares del caso, porque el resultado siempre estará atado a la calidad de lo que se entregó como punto de partida. Cuando la solicitud carece de ese panorama, la respuesta tiende a ser genérica, no por una limitación inherente del sistema, sino por la falta de orientación que recibió.

Por su parte, el verdadero aporte de trabajar con estas herramientas no es solamente la eficiencia que ofrecen, sino la disciplina que exigen de ambos lados. Obligan a quien las emplea a pensar con anterioridad qué necesita realmente, a definir el propósito antes de formular la solicitud, y a reconocer que entregar contexto suficiente es lo que distingue un resultado certero de uno apenas aproximado. Esa misma disciplina, trasladada a la interacción entre personas, debería completarse con la disposición a preguntar cuando lo recibido no resulta suficiente, en lugar de asumir en silencio una interpretación que podría no ser la correcta.

De igual forma, esto revela algo sobre la trayectoria profesional que rara vez se menciona abiertamente. La experiencia permite interpretar mejor lo ambiguo, pero no garantiza que la lectura sea la acertada. Un especialista con muchos años de práctica también puede malinterpretar una solicitud confusa, simplemente con mayor seguridad de que su versión fue correcta. El recorrido reduce el margen de error, pero no lo elimina, y la disposición de verificar antes de actuar es, muchas veces, lo que termina marcando la diferencia entre un resultado certero y uno apenas bien intencionado.

En síntesis, quizás lo más relevante de todo esto sea lo que sugiere sobre cómo debería entenderse la comunicación dentro de cualquier organización. Contextualizar una situación con suficiente detalle, y mantener la disposición de indagar cuando algo no resulta preciso, no son ejercicios burocráticos ni pérdidas de tiempo. Son, juntos, la condición que determina si lo que se obtiene después, sea de una persona o de una herramienta tecnológica, se ajusta realmente a lo que se necesitaba. Vale la pena que cada profesional se pregunte cuántas decisiones, instrucciones y resultados habrían sido distintos si, además de comunicar con precisión, se hubiera ejercido la misma disposición de preguntar antes de asumir.

 

Por: Esmildry Rodríguez Medrano

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