
CAFÉ DIARIO, SANTO DOMINGO.- A primera vista, encontrar a alguien con facilidad extraordinaria para determinada actividad suele generar admiración: comprende rápido, resuelve con agilidad y parece desenvolverse sin demasiado esfuerzo. Sin embargo, esa ventaja inicial también puede convertirse en una comodidad peligrosa cuando hace creer que saber hacer algo basta para hacerlo bien. ¿De qué sirve poseer una gran capacidad si quien confía en ella no puede confiar también en nuestra manera de ejercerla? La diferencia comienza precisamente cuando dejamos de medirnos únicamente por aquello que podemos realizar y empezamos a observar cómo respondemos ante lo que asumimos.
En ese sentido, ser competente requiere mucho más que dominar una materia, oficio, profesión o habilidad, porque aquello que hoy conocemos puede necesitar revisión mañana. Quien reconoce esa realidad estudia incluso después de haber alcanzado experiencia, escucha observaciones aunque tenga trayectoria y procura perfeccionar aquello que otros ya consideran sobresaliente. No parte de la inseguridad, sino del entendimiento de que desarrollar una destreza implica también evitar que se estanque. La preparación, por tanto, deja de ser una etapa previa al éxito y se convierte en una responsabilidad permanente.
Ahora bien, existe otra dimensión menos visible que determina cuánto vale realmente una aptitud: la forma en que se ejecuta. Podemos tener excelentes ideas y entregarlas tarde; dominar técnicamente una función y omitir una verificación necesaria; conocer perfectamente una actividad y saltarnos una etapa porque pensamos que nuestra experiencia compensará la omisión. Es precisamente ahí donde la capacidad encuentra su límite, pues un buen resultado ocasional no sustituye una conducta confiable. Respetar procedimientos, tiempos, compromisos y consecuencias demuestra que entendemos que nuestro desempeño casi nunca termina únicamente en nosotros.
De igual manera, la responsabilidad adquiere mayor importancia cuando ya sabemos que somos buenos en algo, porque la facilidad puede tentarnos a confiar demasiado en lo aprendido. La experiencia debería reducir la improvisación innecesaria, no justificarla; aumentar el rigor, no disminuirlo. Una persona verdaderamente competente no necesita demostrar su nivel ignorando etapas, sino comprendiendo por qué existen y cuándo corresponde revisarlas. El conocimiento ofrece posibilidades, mientras la disciplina permite convertirlas repetidamente en resultados que otros pueden reconocer y, sobre todo, respaldar.
En definitiva, quizá el verdadero valor del talento no esté en poseerlo, sino en aquello que decidimos hacer para estar a su altura. Seguir aprendiendo cuando podríamos conformarnos, cumplir cuando nadie necesita recordárnoslo y respetar un proceso aun teniendo habilidad para avanzar más rápido hablan de una madurez que ninguna aptitud garantiza por sí sola. Ser bueno abre oportunidades; sostener esa condición exige carácter, preparación y compromiso. Al final, las capacidades pueden hacer que alguien repare en nosotros, pero será nuestra manera de ejercerlas la que determine si puede volver a confiar.
Por: Esmildry Rodríguez Medrano



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