
CAFE DIAIO, SANTO DOMINGO.- Cada noticia de un robo violento, un secuestro o un asesinato nos golpea como un luto
colectivo, resonando en nuestros hogares como un eco de angustia compartida.
No son simples cifras en un informe policial: son sueños truncados, futuros robados, familias condenadas a un dolor sin fin.
Detrás de cada estadística hay una madre que no podrá volver a abrazar a su hijo, un padre que guardará para siempre la foto de su niño en la cartera, hermanos que crecerán con el vacío irreparable de la ausencia.
Ya el Santo Padre se había referido a este en su Encíclica Fratelli Tutti que significa Hermanos Todos del año 2020. "La inseguridad acrecienta el miedo y recluye en símismos" (n.53) Pues detrás de cada crimen hay familias destrozadas, madres que lloran y un tejido social que se desmorona.
La violencia no solo mata personas; asesina la confianza, la solidaridad, esa red invisible que nos mantenía unidos como comunidad. Cada acto delictivo es un golpe más al ya debilitado.



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