
CAFE DIARIO, SANTO DOMINGO.-
Existe una dimensión del oficio docente que rara vez se nombra con la profundidad que merece, una dimensión silenciosa que opera mucho antes que el contenido programático. ¿Qué sucede cuando un alumno descubre, casi sin advertirlo, que alguien ha decidido creer en su capacidad de pensar? En muchos casos, ese instante imperceptible define más el rumbo de una vida profesional que cualquier calificación obtenida en el aula.
En este sentido, la formación universitaria no se reduce a transferir doctrinas, normas o procedimientos. Sobre todo cuando se ejerce en disciplinas donde la palabra empeñada constituye el cimiento del sistema, el derecho, la banca, el cumplimiento Regulatorio, quien instruye a futuros profesionales termina sembrando algo más sutil: la convicción interna de que vale la pena sostener una promesa, defender un criterio o resguardar la integridad de una institución. Esa fe íntima no se imparte con diapositivas; se cultiva mediante gestos.
Por otro lado, conviene matizar que esta forma de educar tiene una contraparte exigente. La mayoría de las veces, el alumno que recibe una mirada que confía en él también recibe, junto con ella, una responsabilidad. Quien se sabe visto como alguien capaz deja de protegerse detrás de la duda permanente y comienza a sostener sus propias decisiones. Tiende a ocurrir, entonces, una transformación profunda: el aprendiz pasa de buscar aprobación externa a desarrollar criterio propio.
En efecto, el coaching estratégico y la docencia comparten un principio que pocas veces se enuncia con franqueza. Ambos parten de la premisa de que la persona ya posee, en alguna medida, los recursos necesarios para avanzar, y que la labor de quien acompaña consiste menos en proveer respuestas que en habilitar preguntas. Cuando el entorno académico transmite esa premisa, el estudiante deja de necesitar autorización externa para pensar. Esa autonomía es, probablemente, el resultado más valioso de cualquier proceso formativo.
Ahora bien, sembrar fiabilidad no equivale a fomentar una credulidad ingenua. Implica desarrollar la sensibilidad para discernir cuándo conviene apostar por una idea, una persona o un procedimiento, y cuándo es preciso resguardarse. En ámbitos regulados, esa capacidad se traduce en juicio profesional; en lo personal, en madurez emocional. Ambas vertientes se alimentan del mismo aprendizaje inicial: alguien, alguna vez, demostró que merecíamos ser tomados en serio.
Tiende a suceder que la huella del buen maestro se reconoce mucho después de cerrado el ciclo académico. Aparece cuando el egresado, frente a una situación compleja, descubre que cuenta con recursos internos para sostenerse. Quizá no recuerde el rostro de quien le formó, pero llevará consigo la certeza silenciosa de ser capaz, y esa certeza tiene un origen relacional, no individual.
En síntesis, tal vez por eso valga la pena revisar, con honestidad, qué tipo de credibilidad estamos sembrando en quienes nos observan, dentro y fuera del aula. Educar, en su sentido más amplio, no concluye cuando se cierra un libro o se entrega una nota. Se prolonga en cada profesional que actúa con integridad, en cada líder que delega sin temor y en cada persona que, frente a la incertidumbre, encuentra en sí misma un punto de apoyo que alguien, antes, le ayudó a descubrir.
Por: Esmildry Rodríguez Medrano

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