Dos Maikol y el país que decidimos visibilizar
Redacción.-Kimberly Taveras Duarte
Diputada, madre, ingeniera y mujer comprometida con la juventud dominicana.
SANTO DOMINGO.- Hace unas noches, mientras medio país dormía, un muchacho de dieciocho años leía en voz alta en un salón de Santo Domingo. Llevaba días haciéndolo, por turnos, junto a cuatro compañeros. Se llama Maikol.
A esa misma hora, los teléfonos del otro medio país se llenaban con el nombre de otro joven, casi idéntico al suyo: Michael. Uno leía para poner la bandera dominicana en un récord mundial. Al otro lo estaban velando.
Michael Junior Rodríguez Peguero, conocido como «Michael Peluche», era vinculado por la Policía Nacional con múltiples robos, atracos y con el ataque de Boca Chica donde murieron dos personas y cinco resultaron heridas. Falleció durante un presunto enfrentamiento con agentes que iban a ejecutar órdenes de arresto, y las propias autoridades recordaron que las imputaciones debían establecerse conforme al debido proceso.
Hasta ahí, una noticia policial. Lo que vino después fue otra cosa: su entorno se convirtió en espectáculo. Historias personales reproducidas, comentadas, caricaturizadas, transformadas en contenido de entretenimiento durante días. Una notoriedad que ningún logro académico dominicano ha recibido este año.
Maikol Yafrani Arias Sánchez tiene dieciocho años, estudia informática, es líder estudiantil, ambientalista y representa a Monseñor Nouel. Forma parte de los cinco jóvenes de «Juventud en Voz Alta», la iniciativa del Ministerio de la Juventud, junto al Ministerio de Educación, para recuperar el Récord Mundial Guinness de lectura continua en voz alta por equipos. Junto a él están Mayury Ariaany Vélez Sánchez, Abril Sharmin del Rosario Jiménez, Franchesca Alí Minier Suárez e Ismael Alejandro Durán de la Rosa. Cinco muchachos de escuelas públicas.
Mayury egresó como técnica en Soporte de Redes con un índice de 97.5, acumula doce medallas y sueña con ser pediatra. Abril alcanzó el promedio más alto en la historia de su centro educativo y lidera iniciativas de robótica y debate. Franchesca tiene más de treinta y cinco diplomas, ha representado al país en Modelos de las Naciones Unidas y convirtió el dolor por la pérdida de su abuela en una promesa de superación. Juntos ya pasaron las 431 horas de lectura y avanzan hacia las 500. No exhibieron armas ni prendas costosas. Exhibieron libros, resistencia y una voluntad extraordinaria.
Y sin embargo: ¿cuántos dominicanos conocen sus nombres? ¿Cuántos programas les han dedicado el tiempo que recibió el escándalo? ¿Cuántas marcas han pensado en convertirlos en embajadores? ¿Cuántos creadores de contenido contaron sus historias con el entusiasmo con que difundieron el morbo?
Que nadie lea aquí un señalamiento. Quienes se vieron arrastrados a la viralidad también son hijos de nuestra sociedad, de sus desigualdades, de sus carencias, de los modelos de éxito que los adultos hemos dejado ocupar el centro de la conversación. El problema no son ellos. El problema es el espejo que les entregamos.
Aquello que visibilizamos también educa
Durante años hemos dicho que la educación ocurre en las aulas. Pero nuestros hijos también están siendo educados por las pantallas, los algoritmos, los medios y las figuras públicas. Cada contenido que compartimos lleva un mensaje sobre lo que merece atención. Cuando el delito y la ostentación producen millones de reproducciones mientras la lectura y la disciplina apenas arañan unos comentarios, estamos construyendo una escala torcida de reconocimiento social.
Nadie pide ocultar la criminalidad. Una democracia necesita conocer sus problemas. Pero informar no es lo mismo que convertir el delito en espectáculo y al presunto delincuente en celebridad. Las plataformas están diseñadas para retenernos frente a la pantalla, y en esa economía de la atención el morbo se monetiza porque provoca reacciones inmediatas. Lo valioso exige lo que el algoritmo considera poco rentable: tiempo, concentración, pensamiento.
Y esto ocurre en medio de una emergencia. Los resultados de PISA 2022 muestran que solo el 25 % de nuestros estudiantes alcanzó el nivel básico de competencia lectora; apenas el 8 % en matemáticas y el 23 % en ciencias. Hubo mejoras respecto de 2018 —y hay que reconocerlas—, pero el desafío sigue siendo enorme. Promover la lectura no es una campaña para tomarnos fotografías. Una sociedad que pierde la capacidad de leer profundamente pierde también la capacidad de comprender al otro, distinguir los hechos de las opiniones, cuestionar el poder y resistirse a la manipulación. Por eso, en un mundo cada vez más gobernado por lo inmediato, leer es un acto de rebeldía.
Lo digo como Kimberly
Como madre que piensa todos los días en el futuro de sus hijos. Como ingeniera que conoce el poder transformador del conocimiento. Como diputada que entiende la responsabilidad del Estado. Y como una mujer que viene del barrio y sabe que el lugar donde nacemos puede condicionar el camino, pero no tiene que sentenciar el destino.
No todos nuestros jóvenes parten del mismo punto. Unos nacen con libros, estabilidad y buenas escuelas. Otros crecen entre la violencia, el desempleo y una cultura que les vende el dinero fácil como la única ruta al reconocimiento. Decirles «elijan bien» no basta si no construimos alternativas visibles y sostenibles. Maikol, Mayury, Abril, Franchesca e Ismael no aparecieron por generación espontánea: detrás de ellos hubo madres, docentes, escuelas públicas e instituciones que decidieron acompañarlos. El talento existe en todos nuestros barrios. Lo que no está repartido con equidad son las oportunidades para descubrirlo y mostrarlo.
Por eso la responsabilidad es de todos. El liderazgo político debe financiar programas que conviertan la educación, el deporte, la ciencia y el arte en rutas reales de movilidad social. Las empresas deben preguntarse si su influencia fabrica consumidores o forma ciudadanos. Los medios tienen el deber de informar la violencia y el deber ético de no romantizarla. Y cada ciudadano debe saber que cada clic es un voto silencioso por el país que quiere ver.
¿Cuál de los dos Maikol será nuestro referente?
No podemos devolverle la vida a Michael Peluche ni reducir su existencia a un expediente policial. Su muerte también es el fracaso de una sociedad que no logró ofrecerle, a tiempo, un horizonte capaz de competir contra la violencia.
Pero todavía podemos acompañar a Maikol Arias y a miles como él. Podemos hacer famosos a quienes leen. Podemos convertir en referentes a quienes estudian. Podemos lograr que nuestros niños quieran ser científicos, técnicos, médicos, escritores y servidores de sus comunidades.
No se trata de negar la oscuridad. Se trata de decidir dónde colocamos la luz.
Lo que una sociedad visibiliza se convierte en aspiración. La aspiración moldea decisiones. Y esas decisiones, repetidas por miles de jóvenes, construyen el destino de una nación.
Hoy hay dos historias frente a nosotros. Una terminó entre violencia y muerte. La otra sigue, entre libros y esperanza.
La pregunta no es cuál genera más reproducciones. La pregunta es cuál queremos multiplicar.
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