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Josnelys Álvarez: La niña a la que le negamos la niñez

Maholi Albuez
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OPINIÓN

Maholi Albuez

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Hoy celebramos el Día Internacional de las Niñas y yo, que tengo tres niñas, no he podido dejar de pensar en la muerte violenta de Josnelys Álvarez, una niña de 13 años que fue asesinada y sometida a todo tipo de abusos.

El monstruoso crimen se atribuye a su confeso agresor y presunto asesino; pero como sociedad, como Estado y también desde el entorno familiar, tenemos que preguntarnos qué falló para que no pudiéramos protegerla a tiempo.

 

Se ha hablado de abandono, de que deambulaba por las calles y de que dejó de ir a la escuela; esas circunstancias deben aclararse. No sabemos si fue fruto de un embarazo adolescente ni si alguien le dio seguimiento.

Pero sí sabemos que ese círculo de abandono y sufrimiento se repite con demasiada frecuencia. Ahora, además, muchos monetizadores del morbo siguen recreando los actos de violencia sexual a los que fue sometida y exponiendo su cuerpecito de niña sin ninguna contemplación, vendiendo su tragedia y su sufrimiento. Poniendo en evidencia nuestra propia crueldad humana.

 

Y si se confirma que su historia estuvo marcada por el abandono desde que nació, también tendremos que preguntarnos qué hizo falta para acompañarla y protegerla.

El Estado debe contar con trabajadores sociales en las escuelas que formen parte de un Sistema Nacional de Alerta Temprana, para detectar señales de riesgo, intervenir a tiempo en los hogares, prevenir y proteger a los menores de edad.

Ese es parte de mi trabajo legislativo en Déjala Ir. Pero también, caramba, ¿dónde está la empatía familiar y social, las juntas de vecinos, nuestras ONG, los gobiernos locales, hasta las iglesias? ¿Por qué estamos defendiendo la vida desde su concepción hasta su nacimiento y qué pasa luego? ¿Dónde está la cohesión que antes unía nuestras comunidades? Nuestros barrios, que antes superaban la pobreza y el desamor para proteger su única esperanza —sus niños y sus jóvenes—, reunían a maestros, vecinos, tíos, abuelos, alcaldes pedáneos y comunitarios; sacaban a los niños de las calles y obligaban a los gobiernos a responder.

Y estos, con servidores públicos quizás con poca formación y pocos salarios, pero con una gran vocación de servicio, hacían con muchas más limitaciones mucho más que lo que hoy estamos haciendo.

 

También es justo reconocer que hemos avanzado. Hemos logrado disminuir en un 40 % las estadísticas de embarazo en adolescentes. Ese avance es resultado del trabajo de muchas personas, organizaciones e instituciones que siguen luchando y han contribuido a que se reconozcan y protejan derechos.

A todas ellas quiero reconocerlas. Pero los adolescentes que viven hoy son también hijos del resultado de una historia de desigualdades que poco a poco intentamos recomponer. Reconocer lo que se ha logrado no significa dejar de ver lo que todavía falta.

 

Todos esos valores que antes, con menos, teníamos en los pueblos donde crecimos han sido sustituidos por una indiferencia fulminante, una indiferencia que nos descompone y nos consume poco a poco.

 

A Josnelys la mató su presunto agresor, pero como sociedad tenemos que preguntarnos si le dimos la espalda, si faltó protección desde que nació y si la dejamos demasiado sola frente a las garras de su agresor.

 

Perdónanos, dulce niña, porque no pudimos salvarte. Los derechos que tenías, como ser humano y como dominicana, desde que naciste, según la Constitución, debieron ser protegidos. Espero que tu martirio y tu desgracia nos sirvan para entender hoy, en el Día Internacional de las Niñas, que no solo nuestras hijas e hijos merecen ser niños: todos lo merecen.

Y cuando la familia no pueda garantizarles ese derecho, que el Estado lo haga; y si el Estado falla, que exista una sociedad vigilante y cohesionada que lo exija, no una que en su lugar mire al otro lado hoy cuando aún queda algo por hacer, para luego ver la tragedia en su teléfono mañana.

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