
CAFÉ DIARIO, SANTO DOMINGO.- Hace unos días tuve que cambiarme de ropa en el parqueo de un hospital para poder retirar unos resultados médicos porque me impidieron la entrada por tener una blusa sin mangas. Lo resolví, entré al edificio, retiré los resultados y regresé a mi casa. Sin embargo, desde ese día no he podido dejar de hacerme una pregunta: ¿qué habría pasado si quien estaba frente a esa puerta no hubiera sido yo, sino una persona con menos recursos, un adulto mayor o alguien que simplemente no tenía otra opción de vestimenta?
Todo comenzó cuando acompañé a mi madrina, una adulta mayor de 76 años residente en Nagua, al Hospital General de la Plaza de la Salud para realizarse unos estudios médicos. Al concluir el procedimiento recibimos el comprobante correspondiente, donde se indicaba la fecha para retirar los resultados, pero no se advertía sobre ningún protocolo para ingresar al edificio. Cuando regresé unos días después a buscar los resultados, el personal de seguridad me informó que no podía entrar porque mi blusa no tenía mangas. Como necesitaba resolver la situación, pregunté a otra visitante si podía alquilarme un abrigo. No fue posible. Finalmente encontré un jumpsuit de mangas largas dentro de mi vehículo y tuve que cambiarme de ropa en el parqueo para poder ingresar.
No cuestiono el derecho de una institución a establecer protocolos. Toda organización necesita reglas para mantener el orden y el respeto dentro de sus instalaciones. Lo que me pregunto es si, en este caso, el protocolo guarda una relación razonable con el servicio que una persona necesita recibir. ¿Es proporcional condicionar el acceso a unos resultados médicos al uso de una determinada prenda de vestir? Una comunicación clara habría evitado la situación que viví. Sin embargo, la experiencia también me llevó a preguntarme si un requisito de esta naturaleza resulta razonable cuando una persona únicamente necesita acceder a información relacionada con su salud.
También me pregunto si colocar un aviso en la entrada del edificio es suficiente para garantizar que todas las personas reciban esa información a tiempo. ¿Qué ocurre con quienes llegan desde comunidades alejadas, salen directamente de su trabajo, reciben una llamada inesperada porque un familiar necesita acompañamiento o simplemente llevan el único tipo de ropa que tienen?
Mi experiencia ocurrió en un hospital específico. Pero me queda la inquietud de saber si protocolos similares existen en otros centros de salud del país. No lo sé. Si así fuera, esta dejaría de ser una experiencia aislada para abrir una conversación sobre la forma en que los centros de salud comunican sus protocolos y sobre si algunos de ellos merecen ser revisados desde una perspectiva centrada en las personas. Hay una pregunta que todavía me acompaña. ¿Cuántas personas habrán vivido una situación similar y no encontraron la alternativa que yo tuve? ¿Cuántas simplemente regresaron a sus casas sin poder completar el trámite que las llevó hasta un centro de salud? Nunca lo sabré. Pero esa sola posibilidad debería invitarnos a reflexionar sobre si algunos protocolos pueden revisarse para cumplir su propósito sin convertirse, aunque sea de manera involuntaria, en una barrera para las personas. Los hospitales existen para cuidar personas. Los protocolos son indispensables, pero nunca deberían hacernos olvidar cuál es la razón de su existencia y a quiénes buscan servir.
Existe además una dimensión humana que no deberíamos pasar por alto. Nadie acude a un centro de salud por entretenimiento; quien cruza sus puertas suele hacerlo preocupado por su propia salud o por la de un ser querido. En ese contexto, una situación inesperada puede generar frustración, incomodidad, vergüenza o afectar el autoestima de algunas personas en un momento en que ya se encuentran emocionalmente vulnerables. La atención en salud no debería limitarse al acto médico; también comprende la manera en que las personas son recibidas, orientadas y tratadas desde el primer momento. El acceso a los servicios de salud también forma parte de esa experiencia y merece ser analizado desde una perspectiva de dignidad y respeto.
Desde hace décadas, el sector salud promueve la prevención, los chequeos oportunos y la detección temprana de enfermedades. Precisamente por eso vale la pena preguntarnos si las experiencias que viven las personas al intentar acceder a un servicio de salud fortalecen esa cultura preventiva o, por el contrario, pueden desmotivar a algunos ciudadanos a regresar en el futuro. La confianza también forma parte de la prevención.
Con frecuencia hablamos de inclusión pensando en rampas, ascensores o grandes inversiones en infraestructura, todas absolutamente necesarias. Sin embargo, existe otra forma de inclusión que no requiere una gran inversión: la que comienza con una comunicación clara, la que reconoce que las personas que ingresan a un hospital provienen de realidades sociales distintas y comprende que no todos tienen varias opciones de ropa, que muchos llegan desde lugares lejanos y que otros reaccionan ante una emergencia familiar. La dignidad de una persona no depende de la ropa que lleva puesta. Por ello, los protocolos deben procurar que las personas sean valoradas por su condición de pacientes o acompañantes, y no que una prenda de vestir se convierta en un obstáculo para acceder a un servicio de salud.
Como fundadora de la Asociación Acción por el Bienestar de los Adultos Mayores (ABAM), creo que esta experiencia nos invita a reflexionar sobre algo más profundo que un código de vestimenta. Nos invita a preguntarnos si los protocolos en los centros de salud del país están verdaderamente centrados en las personas, si facilitan el acceso a la salud o si, sin proponérselo, crean barreras para quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad.
Por Maia De Láncer: Presidenta Fundadora de ABAM Acción por el Bienestar de los Adultos Mayores. abamoficial.rd@gmail.com En ig Abam_rd.



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