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Opinión

La virtud que no elige destinatario

CAFÉ DIARIO, SANTO DOMINGO.- Existe una máxima popular que invita a hacer el bien sin mirar a quien, aunque en la práctica diaria semejante premisa enfrenta resistencias que pocas veces se reconocen. ¿Con qué frecuencia ofrecemos apoyo de manera selectiva, filtrando sin advertirlo a quién consideramos merecedor de nuestra generosidad? La mayoría del tiempo, ese proceso ocurre sin que el destinatario perciba los criterios invisibles que lo gobiernan, aunque sus efectos terminan definiendo el carácter auténtico de lo entregado.

En este sentido, la asistencia que se extiende bajo exigencias tácitas pierde su esencia originaria, porque deja de representar un acto desinteresado para convertirse en una inversión con expectativas implícitas. Numerosos individuos descubren, al examinar sus conductas cotidianas, que buena parte de sus atenciones se dirige hacia quienes podrían devolverlas en algún momento, ya sea mediante reconocimiento, reciprocidad o afinidad emocional.

Ahora bien, la verdadera virtud disminuye su valía cuando se condiciona al perfil del receptor, pues su fuerza radica justamente en la ausencia de cálculo. En ocasiones, los gestos más trascendentes emergen frente a desconocidos o incluso ante personas con las cuales existen diferencias profundas, porque allí se manifiesta una disposición interna que no depende de la conveniencia.

Por otra parte, practicar esta vía altruista exige un grado elevado de autoconocimiento, dado que implica identificar los prejuicios que silenciosamente determinan nuestras elecciones. Tiende a suceder que muchos confunden cortesía con ecuanimidad, sin notar que su trato puede resultar exquisito con ciertos círculos y notoriamente distante con otros sectores.

De igual modo, en escenarios profesionales esta inclinación adquiere matices relevantes, ya que diversos líderes distribuyen disponibilidad, mentoría y oportunidades según simpatías difíciles de admitir. Cuando alguien asume una posición de influencia, la forma en que reparte privilegios revela convicciones que los discursos públicos suelen encubrir.

Cabe destacar que tal actitud no se construye de un día para otro, sino mediante un ejercicio constante donde cada decisión minúscula opera como un pequeño ensayo. Quienes consiguen integrar esta postura lo logran tras revisar con honestidad sus motivos íntimos, esos que permanecen ocultos en conversaciones superficiales.

En última instancia, la grandeza de una acción noble no reside en la identidad del beneficiario, sino en la pureza interior de quien la realiza. Obrar con benevolencia sin mirar a quien no constituye un mandato moral externo, sino una invitación discreta a verificar qué clase de ser humano encarnamos cuando nadie presencia ni recompensa lo brindado.

Por: Esmildry Rodríguez Medrano

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