
CAFÉ DIARIO, SANTO DOMINGO.- Por: Esmildry Rodríguez Medrano
Al comenzar un nuevo calendario, a veces como seres humanos elaboramos listas extensas con propósitos que suenan correctos hacia afuera, aunque pocas veces dialogan con la identidad íntima. En ese ejercicio inicial suele aparecer una inquietud silenciosa que no siempre se verbaliza: ¿estos anhelos nacen de una convicción propia o de expectativas ajenas? La escena se repite cada enero como un ritual aprendido, casi
automático, donde el ruido social marca el ritmo. Sin embargo, algo dentro pide pausa y una escucha más honesta.
Ahí surge la primera grieta entre lo que se desea y lo que se supone que debería desearse. Luego, recuerdo la historia de alguien que, sin darse cuenta, acumuló metas como quien llena una maleta ajena antes de un viaje largo. Cargó reconocimientos, agendas saturadas compromisos heredados, convencido de que la disciplina justificaba el cansancio constante.
En su trayecto apareció la soberbia, disfrazada de autosuficiencia, impidiéndole pedir ayuda. También se asomó la avaricia del tiempo, creyendo que decir sí a todo lo haría más valioso. No fue un tropiezo puntual lo que lo detuvo, sino la sensación persistente de estar viviendo una ruta que no le pertenecía. Por eso, desaprender se volvió un acto de higiene emocional más que de rebeldía. Soltar prácticas que no simplifican la cotidianidad exige valentía, porque implica confrontar la pereza de seguir igual y la gula de acumular tareas sin propósito. Muchas veces se romantiza la complejidad, cuando en realidad resta energía a lo esencial.
Renunciar a lo innecesario no empobrece, depura. En ese proceso, la envidia también pierde fuerza, porque deja de compararse trayectorias que nunca tuvieron el mismo origen. Así, los llamados pecados capitales funcionan como espejos incómodos que revelan motivaciones ocultas.
La ira aparece cuando los planes ajenos fracasan y arrastran decisiones propias que nunca se quisieron tomar. La lujuria se manifiesta como deseo de aprobación constante, incluso a costa del bienestar interno. Reconocer esas sombras no busca moralizar, sino comprender desde dónde se están trazando los rumbos.
Solo entonces los objetivos dejan de ser promesas vacías y comienzan a parecerse a quien los formula. Finalmente, el inicio de un año puede transformarse en un punto de reencuadre más que en una carrera de resoluciones. Elegir metas alineadas con la esencia personal no garantiza comodidad, pero sí coherencia.
Cuando el desapego guía las decisiones, la vida se vuelve más liviana y habitable. Tal vez la respuesta a aquella inquietud inicial no llegue de inmediato, aunque se insinúa en cada elección consciente. Y al cerrar el ciclo, quien lee, escucha o reflexiona descubre que avanzar también implica soltar, con intención y mesura.

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