
La mayoría de las personas con las que hablamos hablaron sobre el lado emocional del acné. A menudo, les preocupaba cómo reaccionarían los demás al ver su acné (manchas y cicatrices) y a algunos les preocupaban los tratamientos.
Las personas solían tener días buenos y malos con el acné: Sarah sentía que todo iba bien la mayor parte del tiempo, pero «de vez en cuando hay días en que me siento un poco triste». Algunas describieron que su primer pensamiento por la mañana era mirarse al espejo para ver qué tan grave era su acné ese día. La percepción del acné cambiaba con el tiempo para la mayoría de las personas. Aunque podía deprimirlas, muchas sentían firmemente que no era algo de lo que avergonzarse ni que les dominara la vida.
Las emociones comunes acerca de tener acné incluían sentir:
- avergonzado, incómodo y cohibido o con baja autoestima
- frustrado y molesto
- asustado
- nervioso
- triste
- estresado e irritado
- confundido
Chris describe cómo el acné lo desgastó.
La edad y el acné
La gente solía considerar el acné como algo "bastante normal" de la adolescencia y, para algunos, tener otros amigos y hermanos con acné facilitaba la convivencia. Al mismo tiempo, la idea de que el acné es "simplemente parte de la adolescencia" impedía a algunos buscar ayuda médica antes y podía hacerles sentir desamparados.
Quienes habían tenido acné en la preadolescencia solían considerarlo una experiencia emocional muy negativa, sobre todo cuando sus compañeros no tenían ningún grano. Les hacía sentir aislados, solos y envidiosos de otras personas con una piel "perfecta".
Tener acné podía minar la confianza y la autoestima en un momento en que la persona atravesaba los cambios físicos y emocionales propios de la adolescencia. Harriet era bastante tímida y descubrió que tener acné atraía atención no deseada. Explicó: «Cuando eres adolescente, sientes que todos te están mirando. Y luego, cuando tienes una razón definitiva por la que podrían estar mirándote, la situación empeora muchísimo».

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