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La dictadura del silencio: periodistas tras las rejas en Bielorrusia

CAFÉ DIARIO, NUEVA YORK (AP). – Ksenia Lutskina, una periodista bielorrusa encarcelada por intentar crear un medio independiente, fue liberada tras cumplir solo la mitad de una condena de ocho años, luego de sufrir desmayos causados por un tumor cerebral. Hoy, desde su exilio en Lituania, asegura que ejercer el periodismo en Bielorrusia “se ha convertido en una profesión que pone en peligro la vida”.

Lutskina es solo una de las decenas de comunicadores detenidos por el régimen autoritario de Alexander Lukashenko, quien gobierna desde hace más de tres décadas. Según Reporteros Sin Fronteras, Bielorrusia es el país con más periodistas encarcelados en Europa, con al menos 40 cumpliendo largas condenas. La Asociación de Periodistas de Bielorrusia (BAJ) señala que desde 2020 más de 397 periodistas han sido arrestados, y al menos 600 han huido al extranjero.

El caso de Lutskina comenzó tras su renuncia a una emisora estatal durante las protestas masivas que siguieron a las elecciones de 2020, ampliamente consideradas fraudulentas. Su intento de establecer un canal alternativo la llevó a la cárcel, donde recibió un trato inhumano, atención médica deficiente y aislamiento, en condiciones que comparó con prisiones de la era soviética.

Represión sistemática

La represión contra periodistas forma parte de una estrategia estatal más amplia. Entre 2020 y 2025, el gobierno de Lukashenko ha realizado más de 65.000 arrestos políticos. Más de 1.200 personas son reconocidas como prisioneros políticos, incluidos galardonados como el Nobel de la Paz, Ales Bialiatski. El extremismo se ha convertido en el cargo comodín del régimen: leer, compartir o colaborar con medios independientes puede ser castigado con hasta siete años de prisión.

Ejemplos recientes ilustran la brutalidad. Katsiaryna Bakhvalava, periodista del canal Belsat, fue condenada por traición tras cubrir las protestas y ha sido repetidamente golpeada en prisión. Su esposo, Ihar Iliyash, también fue detenido. Maryna Zolatava, editora del extinto medio Tut.By, fue sentenciada a 12 años. Andrzej Poczobut, corresponsal del diario polaco Gazeta Wyborcza, cumple una condena de ocho años en aislamiento, pese a su delicado estado de salud.

Silencio, exilio y control

A pesar de que cientos de periodistas operan desde el extranjero, sus vidas siguen marcadas por la persecución: sus bienes son confiscados, sus nombres puestos en listas de fugitivos y sus familias acosadas. El gobierno incluso prohíbe libros como 1984, de George Orwell, cuya lectura Lutskina comparte ahora con su hijo en el exilio, encontrando “sorprendentes paralelismos” con la realidad bielorrusa.

El régimen ha endurecido su postura con el tiempo, mientras intenta mostrar una cara más amigable a Occidente. Más de 250 prisioneros políticos fueron liberados desde julio, en un intento de suavizar sanciones internacionales. Sin embargo, según el analista Valery Karbalevich, Lukashenko “ve a los prisioneros políticos como mercancía” que intercambia por beneficios diplomáticos.

Una voz en medio del miedo

Para Lutskina, que ahora recibe tratamiento médico fuera de su país, el miedo no desapareció tras su liberación, pero afirma que incluso en la prisión sentía más libertad que sus compatriotas bajo el silencio impuesto por el régimen. “Bielorrusia se ha convertido en un país gris bajo un cielo gris, donde la gente tiene miedo de todo y habla en susurros”, lamenta. “Caminan con la cabeza baja, temerosos de levantar la vista y ver la pesadilla que ocurre a su alrededor”.


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